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Locos por la nieve
     
 
 
Cómo se parece esta pisada ovalada a rayas a la gran pisada mundial fuera del mundo. Esta no será ni un mínimo acontecimiento para la historia de la humanidad, pero nuestro Neil Armstrong, Ricardo de Fortaleza, sí que está marcando un hito en su vida. Acaba de poner un pie en la nieve, y ahora lo hunde y hunde el otro pie también, hasta que los dos pies están bien adentro. Y quién le quita lo pisado, esa sonrisa boba de pisar nieve por primera vez.

Pero vamos, vamos, que hay mucho para disfrutar, mucho qué hacer. Armstrong se mete en la fila, le depositan en la mano un par de esquíes, y con los esquíes ya calzados durará diez minutos. "Necesito calor, un whisky ", dirá con ganas (retribuidas) de que la familia festeje su desliz sin esquíes. Y mirará, mientras, cómo los demás –Collins de Recife, Aldrin de Porto Alegre, todos con los trajes de nievenautas, idénticos al suyo– porfían con la clase. As duas pernas juntas, e agora t&eciric;m que abrir...¡perfeito! motiva el paciente instructor, y qué cosa el paisaje de fondo, el lago como un mar, sus accidentes que la bruma filtra como contornos.

Hasta que sale el sol con un arco iris que empieza o tal vez termina en el suelo, contra el asfalto de acceso a la villa Catedral. Y Armstrong, a salvo del frío en la confitería, claudica con la consumición. Salvo que haya sido el whisky por su cuenta el que transmutó en un chocolate en vasito de telgopor. Si así fue, habrá sido por lógica de horario: al cabo, son las diez de la mañana. En la base del cerro Catedral nos choca Déborah. Ayudamos a Déborah a levantarse. "La nieve es maravillosa. Es mi primera vez en Bariloche. Estuve en Austria, pero esa vez no esquié ", cuenta. "Buenos paisajes, buenos precios, gente amable", enumera, y llama a su marido, que ensaya sus primeros movimientos en la base.

Llevan cinco noches en Bariloche y planean pasar por Buenos Aires. No es algo que hagan todos. El grueso viene con paquetes cerrados que los traen y los llevan en chárter sin escalas desde Río o San Pablo, pero también desde ciudades como Brasilia, Porto Alegre o Curitiba. En esta temporada, unos 250 aviones transportarán a la mayoría de los 40.000 brasileños que completan el ciento por ciento de la capacidad de 22 hoteles que los alojan en exclusividad. También ocupan plazas en muchos más alojamientos, y marcan notoria presencia en cerros y calles. Bariloche es Brasiloche por estos días.

SOLO EN GRUPOS
En el hotel Huemul, sobre el lago, hay 197 pasajeros, todos brasileños. Preguntan:¿Isla Victoria tiene nieve? Les responden que no. Entonces vamos a otro lado . Una semana antes de que se hiciera esta nota no nevó nada, menudo problema, y tuvieron que subirlos en 4x4 hasta un refugio altísimo, para dar con algún vestigio blanco. Es tanta la expectativa con la nieve, que muchos, con el pronóstico de diez días en mano, cancelan las reservas y piden postergar el viaje hasta que el cielo haga lo que debe.

En condiciones normales –condiciones de nieve –, les ofrecen excursiones que arrancan en los 70 pesos por persona, y otras más complejas, nocturnas, hasta unas cuevas, con camiones unimog y motos de nieve, a 380 pesos. "Son viajeros muy cautivos. No se mueven solos", cuenta Carpa ,del plantel de coordinadores de la empresa CVC, que trae a la mayoría de los brasileños. Muchachos de handy y simpatía, Carpa y Claudio y Tata y Chucky ,cordobeses de temporada laboral en el Sur, conducen a los turistas hasta el que les toque de los 33 micros de la empresa. Todo responde a una logística que se despliega desde un búnker tapizado con milimétricas grillas de horarios, al final de una escalera, en el centro barilochense.

Sobre los micros nada que ver, el clima es distendido, como lo reclama este negocio. Los coordinadores convidan con alguna tonta broma del estilo este caminho es muy perigoso, muy perigoso, antes de reforzar con un padrenuestro en gran portuñol. Todo esto impacta positivamente en los pasajeros, que terminan jurándoles que volverán, y que además recomendarán la experiencia.

POR LA VUELTA
Piedras Blancas es un centro de diversión en la nieve y tiene una ventaja: está ahí nomás del centro. Apenas subiendo hay nieve en las ramas de los árboles; arriba ya todo es blanco y radiante y encima está el sol, en uno de esos días perfectos que se repiten dos o tres en la temporada. "Estoy enloquecido. En Argentina sólo había estado en Puerto Iguazú, pero esto es hermoso", se enciende Gilberto Pacola, de San Pablo, rodeado de la familia.

Promete que van a volver, aunque apenas están llegando. Pero siempre lo harán mirando el pronóstico. ¿Sem neve? ¡Nada! Un gorro de lana verdeamarelho con banderita y todo vendría a ser como una ojota en Alaska. Al menos el gorro existe, y ahí lo tiene puesto Felipe, estudiante de una escuela de Campo Grande, Mato Grosso. Con el trineo de plástico en mano –nos hallamos en la meca de los honestos, y luego felices, renunciantes al esquí–, se banca la cola para subir a la aerosilla. Es así: media hora de cola y en un toque otra vez a la cola. A nadie parece incomodarle con tal de estar pisando nieve, o viéndola caer, como ahora, que nieva y nieva en Brasiloche.

La pausa para ir hasta el refugio implica atravesar por un sector de computadoras portátiles donde se procesan las fotos que acaban de sacarles en puntos y circunstancias celosamente restringidos para las camaritas personales: la llegada de la aerosilla, las extremas inmediaciones de un muñeco de nieve con bufanda.

Cada foto cuesta 15 pesos, nadie deja de comprar dos o tres, y si sumamos el vasito de chocolate a cuatro pesos, o una lata de cerveza a cinco, un choripán en parrilla a gas, también a cinco (¿el chori más caro del mundo?), el gasto se torna considerable, aún cuando la diferencia de cambio reste un 30 por ciento.

Si de dinero se trata, los brasileños aportan bastante a la economía barilochense. Un paquete base de una semana ronda los 800 o 900 dólares por persona, con media pensión. Los valores suben de acuerdo con la categoría y la ubicación del hotel, y con los diferentes pases de esquí. Hay opciones para esquiadores expertos (suelen ubicarse directamente en los alojamiento del Catedral) que llegan a los 2.000 dólares per cápita. Los operadores calculan que una familia tipo puede llegar a gastar unos 4.500 dólares en su aventura en la nieve.

Estamos de vuelta y en la Mitre, la calle de Bariloche y el furor se desata en las casas de ropa deportiva. En el local de Puma, los brasileños se amontonan ansiosos en la puerta y se caen adentro apenas el negocio abre. Eligen de todo y hacen cola –otra cola más– para pagar. En la fila están Luciana y Douglas Santos, y con ellos Fernando y Luis Felipe Pichel, dos parejas de hermanos que vinieron a pasar las vacaciones de invierno. Son de Curitiba, y además de la nieve y las zapatillas, quedarán locos con el chocolate. "Con el tequila también ", exclama Luis Felipe, como si estuviera anoticiando sobre un producto típico local.

"Se está dando un aumento sostenido del turismo brasileño desde hace 3 o 4 años. Esta temporada van a llegar 5.000 pasajeros más que el año pasado", se entusiasma Alicia Longoni, secretaria de Turismo municipal, mientras ve pasar visitantes desde la ventana de su oficina en el Centro Cívico. Una cuadra y media más allá, Jorge Batica, gerente de la empresa brasileña CVC en la Argentina, despliega en la pantalla un gráfico con la evolución de los vuelos chárter que llegan por semana con pasajeros de Brasil: sólo uno en 2000, 6 en 2003, 12 en 2005, 15 este año. "Suben con pantalones cortos y con 30 grados, y en menos de cuatro horas pisan la nieve. Ese es el milagro", resume Batica. En el ente promocional de Bariloche, el Emprotur, ponderan las campañas de difusión que se hicieron en las principales ciudades de Brasil. Y hasta invitan a los viajeros para volver en verano, con un folleto que muestra ¡las playas de Bariloche!

Detrás de la nieve, la noche es otro gancho. Los más jóvenes van a la disco, buscando los huecos que dejan los contingentes de egresados. No escasea la caipirinha. El casino es un gran atractivo: en Brasil están prohibidos. Pueden entrar con los chicos hasta la confitería y, empuñando champancito de cortesía, se alternan para ir hasta la mesas. El casino recibe a unas 3.500 personas por noche "Estos días, el 70 por ciento son brasileños", apunta Rosana Orrego, encargada de marketing de la empresa Worest, que administra la sala.

EL LLAMADO DE LA CARNE
La carne argentina siempre llama y los brasileños acuden."Piden bife de chorizo. Y morcilla. Tengo clientes que vienen todas las vacaciones. Ya les reservo la mesa ",cuenta Jorge Peludero, dueño de la parrilla La Vizcacha. Por cortes vacunos, los brasileños también se concentran en Espacio Tang, sitio con espectáculo de música ciudadana delante de un telón con una foto del Obelisco. Del tango pasamos al show de folclore argentino. Cómo hará Anita, dulce niña de Minas, para olvidar ese instante en que el gaucho más hábil la sometió a la pior prova : despeinarle el flequillo con un audaz pase de boleadoras.

En el hotel donde nos alojamos como únicos extranjeros hay un show exclusivo para los huéspedes. Como la semana ya se agota, el dúo al micrófono canta No llores por mí Argentina y todos, pero todos, la saben y la corean. Puesto en absoluto contexto, es algo que llega a emocionar un poco. Qué hablar del chuchu-a versión completa, seguido del universal trencito, esta vez entre sillones de tronco y al calor de la leña. Pero lo mejor llega cuando las chicas, que tanto comunican con sus botas altas, los jeans ajustados y ese andar, dejan que los pies las lleven solas, se aprovechan del micrófono y encaran el hit que repite que, al cabo, la vida é bonita, é bonita, é bonita .

Así parece que fue para ellas en Brasiloche; ahora irán a terminar de armar las valijas, porque mañana llegará la hora de volver a casa. Y cuando se vayan, el próximo contingente ya estará esperando que acomoden las habitaciones. Si los nuevos llegan muy tarde –muchos de los chárter arriban de madrugada– padecerán la experiencia de adivinar un paisaje que sólo devuelve oscuridad. Tratarán de dormir para que pasen las dos o tres horas que los separan de la brutalidad de la belleza. Cuando pasen, el desayuno no los distraerá de su objetivo: contemplar las primeras imágenes del lugar que tanto querían conocer.

Es un día brumoso, y el lago hace olas con un ruido que se mete en los silencios de un disco de jazz cantado, banda musical equidistante de hotel. Es uno de esos días que no empieza más, pero es el día que hay, y hay que sacarle fotos.

Los pasajeros vinieron por nieve, y ya falta poco. Antes de ir a conocerla, pasarán por el equipadero, un local de 500 metros cuadrados, en ese edificio tan poco barilochense llamado Bariloche Center. Detrás de una reja, se apilan miles de los 3.200 equipos –campera, pantalón, botas– que la empresa dispone para sus clientes. Serán sus uniformes, su distinción durante toda una semana.

En un rato, Armstrong de Belo Horizonte, inicia su caminata lunar en el Catedral; hunde la bota ovalada y la bota se deforma en muchas botas, porque Armstrong la mueve como un limpiaparabrisas. Al lado, el nuevo Collins se tira en cruz sobre el manto blanco, simpático papelón que nadie mira alrededor del mundo; Aldrin, el de esta semana, bombardea una pared con bolas de nieve; eso le hace gracia. Y así gira Brasiloche.


fonte: http://www.clarin.com/diario/2006/07/30/sociedad/s-01242813.htm
 
 
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